Negocio involuntario

En estos días de arduo calor, es imprescindible detenerse en algún momento y refrescarse con una bebida para retomar energías y seguir con las tareas del día a día. En cierta ocasión, luego de salir de una reunión de trabajo, un compañero me insistió en ir a una refresquería muy popular en la ciudad. Llegamos y con familiaridad saludó a un señor bastante activo que atendía a decenas de clientes.

Luego de servirnos nuestros raspados, se sentó a platicar con nosotros en lo que su gente, seguía atendiendo a clientes que no paraban de llegar.

Don Jesús nos platicó que la necesidad lo hizo trabajar desde muy joven al tiempo que estudiaba la preparatoria y así subsanar los gastos que implicaban sus estudios. Inició un pequeño negocio en casa de venta de raspados. Su comercio tuvo éxito entre sus vecinos y poco a poco los clientes iban en aumento.

Por alguna razón, sus refrescos tenían un sabor distinto que los hacía muy requeridos por la clientela. Algunos se acercaron a preguntarle cuál era su técnica, fórmula o secreto. Él, lejos de guardársela para sí mismo, la compartió. Poco después, estaba enseñando a otras personas a hacer lo que él hacía. Algunas semanas después, estaba distribuyendo los mismos ingredientes que utilizaba.

Meses después, una franquicia refresquera le compró su receta y empezó a viajar por las sedes donde este negocio tenía establecimientos, capacitando y enseñando su arte.

Finalmente pudo pagar su preparatoria y su licenciatura y se hizo de una modesta refresquería la cual atiende personalmente como desde hace quince años. Comparte toda su información, vende sus productos o sus ingredientes y regala su técnica y sus conocimientos.

No le preocupa la competencia ni que otros hagan lo mismo que él con la misma o mejor calidad. Sus clientes han valorado su trato, su producto, su empeño y han sido fieles a su marca.

Tiene todo lo necesario para abrir sin lugar a dudas, una franquicia nacional de refresquerías, pero dice que no lo necesita. Lo que tiene es suficiente para vivir bien él y su familia, la cual también, atiende el negocio familiar. Esa refresquera a la que él llamó, un poco por necesidad, un negocio involuntario.

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